lunes, 25 de abril de 2016

BEIJING, 20 AÑOS DE LA CONFERENCIA MUNDIAL SOBRE LA MUJER 


El pasado mes de septiembre se cumplieron 20 años de la celebración de la IV Conferencia Mundial sobre la Mujer organizada por la ONU en la ciudad china de Beijing. Se han encontrado a faltar en estos últimos meses los tan recurrentes como necesarios análisis y balances sobre cómo y dónde estamos las mujeres pasadas dos décadas de tan crucial encuentro. Uno de los balances más interesantes lo llevó a cabo el viernes 22 de abril la Fundació Campalans, think tank del socialismo catalán, y la Fundación Europea de Estudios Progresistas. Una jornada muy interesante con puntos de vista diversos y complementarios. Una jornada para evidenciar que nos queda mucho camino por recorrer y para poner en valor el que ya hemos recorrido, no sin esfuerzo y lucha denodada.

En algunas cuestiones, como la tasa de actividad femenina, España estaba tan atrasada hace 20 años que el avance ha sido significativo. Así lo dejó claro en la jornada del viernes María Isabel Rodríguez, consultora de Abay Analistas. La mala noticia es que tras cuarenta años de progresión positiva, la tasa de actividad femenina  ha caído por vez primera en este país y lo ha hecho "gracias" a las políticas retrógradas del PP en materia de igualdad y, por supuesto, en materia laboral y social. 


En otros aspectos, como los que conciernen al ámbito privado y doméstico, a la organización del tiempo de trabajo y de dedicación a las tareas del hogar y al cuidado de niños y personas dependientes, estamos aún a años luz de lo establecido en la Declaración de Beijing. Si esos ámbitos no experimentan una progresión paralela al que hemos visto en los últimos años en el ámbito público,  especialmente en el laboral, éste frenará su progresión, es inevitable y además ya lo estamos viendo y padeciendo. Tampoco vemos la luz al final del túnel en cuestión de violencia de género, más allá de una creciente toma de conciencia social y un abordaje más integral, pero falta todavía el compromiso firme de poderes e instituciones.

Más allá de nuestro país - no olvidemos que la de Beijing fue una conferencia mundial y como tal abarcaba aspectos transnacionales- las violaciones y vejaciones a mujeres y niñas en situaciones de guerra continúan siendo el pan de cada día y, cada vez más, un arma de guerra en sí misma. El drama de las mujeres refugiadas constituye una vergüenza añadida a la actitud inhumana de Europa en esta cuestión. Y en todas partes la pobreza sigue teniendo rostro de mujer porque no se han habilitado las medidas necesarias para remediarlo. 

El debate del viernes fue especialmente rico al abordar temas que cada vez están más sobre la mesa y que no están exentos de controversia. Uno de ellos, quizás el que más, el de la prostitución. Las posiciones claramente abolicionistas del partido socialista no las comparten, lamentablemente, otras formaciones que se dan en llamar "de izquierdas" pero que, como apuntó la antropóloga Ana de Miguel, están al servicio, queriéndolo o no, del neoliberalismo y del capitalismno más salvaje. Bueno es que lo tengamos en cuenta y mejor aún que cada vez sean más los países que se anoten el tanto de la abolición como solución a la que se ha dado en llamar, porque lo es, esclavitud el siglo XXI.

Al hablar de derechos de las mujeres estamos hablando de derechos humanos. Esto, que a ojos de hoy podría parecer una evidencia, lo dejó claro la Declaración y Plataforma de Acción de Beijing. María Dolors Renauex presidenta de la Internacional Socialista de Mujeres, se preguntaba por qué motivo Naciones Unidas no se ha planteado a estas alturas una nueva edición de la Conferencia Mundial sobre la Mujer, y ella misma se contestaba: "Por algo será". Aquel compromiso con los derechos de las mujeres dista mucho de ser realidad pasados más de 20 años. Por eso debemos seguir reivindicando y luchando, de manera individual y colectiva, desde la política y desde la sociedad civil. Porque, como ha dicho Ranjana Kumari, una de las asistentes a la Conferencia de Beijing, "tenemos que cumplir las promesas que hicimos a nuestras hijas mientras cantábamos canciones de victoria y bailábamos". Celebremos, pues, los avances, no caigamos en el catastrofismo y trabajemos sin desfallecer porque Beijing fue un punto sin retorno, cambió las vidas y las miradas de todas las mujeres que participaron en la Conferencia Mundial y pretendió cambiar también las del resto del mundo. No defraudemos tan noble propósito.








miércoles, 30 de marzo de 2016

EL FALSO DEBATE SOBRE LA PROSTITUCIÓN

El anuncio de la alcaldesa de Barcelona, Ada Colau, que el gobierno municipal estudia la regulación de la prostitución en la Ciudad Condal ha provocado no pocos posicionamientos y manifiestos en contra, tanto por parte de colectivos y asociaciones feministas como de líderes políticos, la mayoría alcaldesas socialistas. No es para menos. Tamaña barbaridad sólo puede partir de una ignorancia supina sobre el asunto en cuestión o de la frivolidad más irresponsable. A cuál peor. 

Los partidarios de la legalización de la prostitución parten de la premisa tramposa de que debe ser permitida en tanto en cuanto quien la ejerza lo haga de manera libre y voluntaria. craso error. Esa es la formulación repetida como un mantra por un grupo reducido y hasta cierto punto exclusivo de personas que defienden a capa y espada su opción de ejercer la prostitución desde la libertad individual u como una profesión harto lucrativa, incluso mucho más digna que otras, como por ejemplo el servicio doméstico o la limpieza. Esa defensa ha sido difundida por la mayoría de medios de comunicación sin ningún pudor y con evidentes intereses económicos, no olvidemos el lucro que generan los anuncios de prostitución.

La realidad es, en cambio, muy distinta. la verdad que se esconde tras la prostitución, en un porcentaje abrumador de los casos, son las mafias, la trata de personas -mujeres mayoritariamente, pero también niñas y niños-, la esclavitud y el sometimiento y la vejación de esa gente que algunos y algunas nos quieren hacer creer que son libres y ejercen un oficio como cualquier otro. 


Hay aún otro análisis, el de la igualdad de género, que no debemos perder de vista en esta falsa discusión sobre la necesidad de legalizar o perseguir la prostitución. Para situarnos en esta óptica, debemos considerarla como lo que es: una forma, de las más brutales, de violencia contra las mujeres y una perpetuación de la dominación patriarcal que sí, es cierto, hace mucho que se ejerce, pero que no por ello debemos resignarnos a su continuación. Hace unas décadas, unos años incluso, casi nadie condenaba, ni privada ni públicamente, la violencia de género. Ahora, aún lejos de erradicarla, intentamos combatirla y la condenamos enérgicamente y de manera explícita. De la misma manera, debemos desterrar toda tentación de legalizar la prostitución. La sociedad con la que muchas y muchos soñamos y por la que luchamos a diario no es una sociedad en la que nuestros niños y adolescentes crezcan pensando que son superiores a las niñas porque cuando sean mayores podrán pagar por poseerlas físicamente. No es una sociedad en la que las jóvenes con menos recursos tengan que plantear la prostitución como una opción normalizada, social y legalmente aceptada. 

Ni como mujeres, ni como feministas ni como personas de izquierdas podemos ni debemos ceder ante trampas tendidas por el patriarcado y por la ideología neoliberal que no pretende otra cosa que mercantilizar el cuerpo de las mujeres. Por eso, precisamente, sorprende que lo hagan algunas representantes de la izquierda y, aún, de la autodenominada "nueva política". Es evidente la necesidad de perseguir a los proxenetas - que no a las mujeres a las que prostituyen- así como a los clientes, a los que debemos condenar socialmente de la misma manera que lo hacemos con los que ejercen violencia de género.

Hay diversos países que ya han experimentado los efectos tanto de la legalización de la prostitución como de su abolición. Holanda y Alemania optaron por la primera y ha resultado un auténtico fracaso: las desigualdades de género y de clase se han hecho más profundas, la persecución de las mafias se ha convertido en un reto complicado y muchas mujeres demandantes de empleo se han encontrado en los servicios de ocupación con ofertas para ejercer como prostitutas. Patético. Otras sociedades como la sueca, en cambio, han visto como fructificaba su opción de combatir la prostitución, acompañada de medidas sociales y de inserción laboral para las mujeres que la ejercían. En Suecia, un 60% de esas mujeres han podido cambiar de actividad, el tráfico de personas con fines de explotación sexual casi se ha erradicado y las mafias han dejado de actuar en el país, sencillamente porque ya no ven negocio allí. El Parlamento Europeo, por su parte, desaconseja a todas luces la legalización porque considera que sólo beneficia a las mafias y a los proxenetas. 

¿A qué jugamos, entonces? ¿Por qué desde algunos sectores, entre ellos algunos supuestamente progresistas, se insiste en que la legalización o incluso la regularización, son medidas a considerar? ¿Por qué se apela continuamente al derecho a elegir libremente cuando sabemos, como bien dice Ana de Miguel, que no es más que un mito? ¿O es que, si mañana alguien desesperado y sin recursos decide someterse a esclavitud para sobrevivir lo aceptaremos también con el argumento de que lo hace libremente? ¿Permitimos acaso la poligamia porque los y las participantes en ella digan que se someten voluntariamente?Afortunadamente hay voces lúcidas que apelan a la abolición de la prostitución, como las de las alcaldesas del entorno de Barcelona Núria Parlon, Núria Marín, Lluïsa Moret y Mercè Conesa, quienes junto con la de la vicepresidenta del Movimiento Democrático de Mujeres, Cristina Simó, han firmado un artículo en contra de la iniciativa de Ada Colau. O las de los impulsores y los firmantes del manifiesto Zero Macho, un colectivo de hombres que va en la misma línea que las alcaldesas. Confiemos en que no esté lejano el día en el que nos miremos en Suecia y abominemos de otros modelos fracasados. Ojalá.







martes, 8 de marzo de 2016

ANTE EL 8 DE MARZO: DESTERRANDO EL PATRIARCADO

Definía Kate Millet el patriarcado (La política sexual, 1970) como un sistema de poder interpersonal por el cual el hombre individual domina a la mujer individual. Casi medio siglo más tarde aún no hemos resuelto los conflictos provocados por el patriarcado y continuamos dedicando días como este 8 de marzo a la reivindicación de la igualdad y de los derechos de las mujeres. Derechos que se han alcanzado, en su mayoría, en el marco legislativo pero que no tienen su aplicación práctica en la realidad cotidiana.

Un buen análisis de la situación actual de las mujeres en el mundo y del daño que el dominio del patriarcado continúa haciendo a la igualdad no debe excluir en ningún caso la contraposición y la relación entre las esferas pública y privada. Son muchos los estudios que comparan la situación de las mujeres respecto de los hombres en relación con el mundo laboral, el educativo, su representación en los medios de comunicación, el empoderamiento femenino, etc. Las conclusiones suelen ser que aún nos falta mucho camino por recorrer para conseguir la plena igualdad, la igualdad real entre los dos sexos. Pero quizás nos fijamos poco en la responsabilidad que en ello tiene la división de roles en el ámbito privado. Cambiar definitivamente el contrato privado, ese que marca la diferencia de roles entre mujeres y hombres de puertas adentro de nuestras casas es fundamental para avanzar en la igualdad, porque esa distinción entre "cosas de hombres y de mujeres", que existe aun más de lo que nos parece en la casa de cada cual, tiene después su traslación al ámbito público, a lo que ocurre en la calle o en los lugares de trabajo.  

La brecha salarial es una evidencia y no cabe duda de que en buena medida a las mujeres se les paga menos porque se considera al trabajo femenino como secundario y complementario del de sus parejas masculinas. Sólo así podemos entender que algunos empresarios continúen buscando subterfugios como complementos salariales inverosímiles para pagarles más a ellos por igual trabajo. Esas mujeres que cobran menos son las mismas que cuando llegan a sus hogares son víctimas de la doble jornada y esclavas de las tareas de cuidado de personas a "su cargo". Las mismas que ponen la tele y se ven representadas como las responsables de limpiar su casa o de hacer la compra, sin olvidarse de estar estupendas para ellos, que son los que conducen los mejores coches.  

Esas mujeres que cobran hasta un 25% menos que sus compañeros ven penalizada en el ámbito laboral su dedicación al ámbito privado porque en muchos casos se ven abocadas a un contrato parcial o a la intermitencia en el trabajo. Acabar con el tan manido "techo de cristal" no es únicamente cuestión de leyes, que también, sino que necesita de un nuevo contrato privado entre mujeres y hombres. Y eso no sucederá mientras el patriarcado hunda sus raíces en nuestra sociedad.

Son numerosos en nuestro día a día los ejemplos de machismo, incluso de micromachismos, esos gestos cotidianos que suelen pasar desapercibidos - especialmente por ellos, evidentemente, porque los naturalizan -  pero que minan nuestros derechos como mujeres. Últimamente han aparecido algunos videos que ironizan con bastante acierto sobre estas situaciones, muchos de ellos ponen frente a un espejo a los hombres en situaciones que no resisten el cambio de protagonista: nos parecen "normales" cuando nos suceden a las mujeres pero resultan ridículas o sencillamente imposibles cuando les ocurre a ellos. Algo pasa, y está claro que debe dejar de pasar de una vez por todas.

La cultura del patriarcado es extensa y profunda y actúa transversalmente. Lo hace, además, de forma cada vez más sibilina, con una marcada tendencia hacia la corrección política. El machismo es como la energía, ni se crea ni se destruye, únicamente se transforma. Es cuestión de supervivencia. Por eso debemos atacarlo en sus raíces más profundas, sólo así lo destruiremos y daremos paso a una sociedad efectivamente igualitaria. 


 

viernes, 12 de febrero de 2016

RECUPEREMOS EL MINISTERIO DE IGUALDAD


La actividad parlamentaria se va activando semana a semana en el Congreso de los y las Diputados/as (por cierto, quizás deberíamos plantearnos en serio aplicar el lenguaje no sexista ni excluyente a la terminología institucional) El miércoles, 10 de febrero, quedó constituida formalmente la Comisión de Igualdad, de la que formo parte como vocal. Tenemos mucho trabajo por delante, qué duda cabe. Empezando por el Pacto institucional, social y político contra la violencia de género. Esa lacra contra la que no debemos ni podemos resignarnos y para la que sabemos que existen soluciones que darán tarde o temprano frutos. Seguramente no serán inmediatos, la tarea es ardua pero, precisamente por eso, cuanto antes la iniciemos, antes obtendremos réditos. Lógicamente, la Comisión Parlamentaria de Igualdad trabajará en muchos otros campos, como anunció su presidenta, la socialista Pilar Cancela: igualdad salarial, conciliación y usos del tiempo, visibilidad de las mujeres y su representación en los medios de comunicación, así como un largo etcétera. 

Esta semana se ha producido algo tanto o más importante que la constitución de esa comisión parlamentaria. El líder socialista, Pedro Sánchez, quien ha aceptado la propuesta de procurar constituir un nuevo gobierno, anunció ayer que quiere recuperar el Ministerio de Igualdad. Es básico que todos los temas relacionados con igualdad y género se impulsen desde un ministerio específico. Sobre todo porque sólo desde la especialización, y no es una paradoja, se puede conseguir que éste sea un tema presente en todas las acciones de gobierno. Y únicamente desde la transversalidad en la acción política se camina de verdad hacia la plena igualdad. Si nadie vela permanentemente por los intereses del cien por cien de la población, la inercia del día a día hace que todo el mundo tienda a tener poco presente, si no a olvidar, la mitad que constituimos las mujeres. Esa es la esencia y el producto de la sociedad patriarcal en la que vivimos, mal que nos pese.

Todas estas acciones constituyen buenas nuevas para las mujeres y para todas aquellas personas que creemos en la igualdad de género y que luchamos día a día por conseguirla. Cada vez somos más, hombres y mujeres, los y las que tenemos esa como una de nuestras banderas. Algunas tenemos incluso el honor y el privilegio de hacerlo desde lugares donde somos portavoces de la voluntad popular. El recientemente constituido Congreso de las personas Diputadas está cerca de la paridad. Las diputadas somos un 41% de la cámara, un récord que confiemos que se bata de nuevo en la siguiente legislatura.

En esa lucha diaria nos precedieron otras mujeres. Todo comenzó en 1931. Clara Campoamor, una de las tres diputadas en el Congreso, pronunció el histórico discurso que tanto ayudó a conseguir, ese mismo año, el sufragio femenino, que cristalizó en 1933 en las primeras elecciones en las que las mujeres ejercieron su derecho a voto. Tres años más tarde Federica Montseny se convirtió en la primera mujer Ministra en España y pionera en Europa. Aún trascurrieron unas décadas, superado el Franquismo, para que en 1977 la mesa del Congreso registrara por primera vez la presencia de una mujer, y sólo más de veinte años después, en el 2000, una mujer presidió el Congreso. 

Soy, somos, herederas de esas políticas feministas pioneras de los años treinta del pasado siglo a las que deberíamos tener mucho más presentes. Recogemos el legado de Campoamor para avanzar hacia una sociedad más justa e igualitaria, para recuperar lo perdido en estos últimos años de rodillo neoliberal caracterizado por acciones contrarias a los derechos de las mujeres. Lo haremos con mucho menos mérito que Clara, eso por supuesto. Los tiempos son complicados pero ahora somos muchas más y tenemos muchísimo más respaldo social y político que el que ella tuvo. Pero nosotras lo haremos. Otras, pueden también y no lo hacen.











lunes, 1 de febrero de 2016

YO ESTUVE EN EL TREN DE LA LIBERTAD


Hoy se cumplen dos años de la multitudinaria manifestación del Tren de la Libertad. Miles de mujeres y de hombres nos manifestamos aquel sábado 1 de febrero de 2014 desde Atocha hasta los alrededores del Congreso de los Diputados reclamando el mantenimiento del derecho al aborto. La iniciativa partió de un grupo de feministas de Gijón que decidieron movilizarse contra la intención del gobierno del PP, y en particular del entonces ministro de Justicia Alberto Ruiz Gallardón, de reformar la vigente Ley de salud sexual y reproductiva y de interrupción voluntaria del embarazo.

A aquella primera iniciativa de las feministas asturianas se sumaron numerosos grupos de mujeres de toda la geografía española, así como partidos políticos progresistas, liderados por el partido  socialista, y sindicatos.  El resultado fue una marcha histórica que consiguió frenar la embestida del PP contra el derecho de las mujeres a decidir sobre su propio cuerpo, sobre su maternidad. Frenó un intento de devolvernos a las cavernas, de trasladarnos en el túnel del tiempo hasta otros tiempos en los que ni estaba permitida la contracepción ni, por supuesto, el aborto. Tiempos en los que las mujeres acudían al mercado negro para conseguir anticonceptivos y en los que, las que podían, viajaban a Londres para evitar la progresión de un embarazo en absoluto deseado. Otras perecían en el intento o sufrían graves consecuencias físicas y psicológicas al someterse a abortos clandestinos. Hasta ahí nos quería conducir el PP, pero luchamos denodadamente y conseguimos frenarlo.    

Aquel fue un triunfo importante, pero parcial. El partido en el gobierno no cejó en su empeño de reformar uno de los aspectos de la Ley que impulsó el presidente Zapatero en 2010 y les arrebató a las jóvenes de 16 y 17 años la potestad de decidir por sí mismas si querían seguir o no adelante con sus embarazos. Si eso no fuera suficientemente grave - y a pesar de que Gallardón acabó dimitiendo y que el ministro de Educación, no menos cuestionado, también fue relevado en el cargo- el gobierno de Rajoy recortó tanto como pudo la inversión en programas de educación y prevención de embarazos no deseados y acabó con la asignatura de Educación para la Ciudadanía. En definitiva, demostró que había cedido de buen grado a las presiones de la Iglesia católica y de las organizaciones provida que tantos favores en forma de manifestaciones contra el gobierno Zapatero les había hecho cuando el PP estaba en la oposición. Ni más, ni menos. 

Pasados dos años, revisando el impacto de aquella manifestación y revisionando el magnífico documental realizado por un grupo de cineastas, llego a varias conclusiones y experimento un regusto agridulce: 

1) Se puede decir que lo logramos, que hubo un antes y un después de aquella macha del Tren de la Libertad. Seguramente por eso nos animamos hace unos meses, el 7 de noviembre de 2015, a participar en otra marcha no menos multitudinaria, un clamor que recorrió las mismas y madrileñas calles, esta vez para exigir un Pacto de Estado contra las violencias machistas.  

2) A las mujeres se nos sigue infantilizando, se nos trata como a seres inferiores que debemos ser tutelados por los hombres y por el Estado. De otra manera, y por muy de derechas que sea un gobierno, no cabe en la cabeza semejante ofensiva contra unos derechos adquiridos desde hacía tanto tiempo y que buena parte de la sociedad consideraba no sólo asentados sino indiscutibles. Por la misma lógica se entiende, que no se comprende, que cueste tanto tomar medidas serias contra la violencia de género y que la sociedad tarde tanto en reaccionar contra el terrorismo machista.

3) Constatamos que la repercusión mediática de aquella macromanifestación no fue la justa ni la debida. Cualquier otra causa de tamañas dimensiones, sin ni siquiera incidir en la mitad de la población española como era el caso, hubiese acaparado muchos más titulares, portadas y aperturas de noticiarios que lo que consiguió aquel Tren de la Libertad. Lo mismo podemos decir de la repercusión del 7N de 2015. Ergo, los arquetipos patriarcales siguen asentados en las redacciones de los medios, mal nos pese. Lo sabemos y debemos combatirlos, es una cruzada imprescindible para conseguir una sociedad más igualitaria. 

4) No podemos ni debemos bajar la guardia. Las mujeres y los hombres que creemos de verdad en la igualdad somos muchos y muy combativos. Y tenemos el deber de contagiar al resto de la sociedad que permanece adormecida por el letargo patriarcal. Tenemos un compromiso. Unos y otras lo ejercen desde la sociedad civil, desde asociaciones de todo tipo. Otras y unos simplemente desde su compromiso individual. Y otras y otros, como es mi caso, desde el compromiso político firme y decidido. 

La lucha continúa y bebe de las fuentes de días históricos como aquel 1 de febrero de 2014. Para mí es una satisfacción poder decir que yo estuve allí

   

jueves, 21 de enero de 2016

IGUALDAD SALARIAL Y CONCILIACIÓN: UN COMPROMISO

Ha empezado el cambio. Este país, y en especial las mujeres españolas, han sufrido ya demasiado como para que dejemos trascurrir más tiempo sin hacer nada. Por eso el Grupo Parlamentario Socialista del Congreso de los Diputados, del que tengo el honor de formar parte desde las elecciones del pasado 20 de diciembre, ha presentado ya un total de 30 iniciativas para mejorar la vida de las personas. Dos de ellas se refieren específicamente a temas relacionados con la igualdad entre hombres y mujeres: Igualdad salarial y conciliación,corresponsabilidad y racionalización de horarios. Otra de las presentadas hace unos días reclamaba un Pacto para la erradicación de la violencia de género.

En realidad se trata de dos Proposiciones no de Ley que están íntimamente relacionadas. No es casualidad que la tasa de actividad laboral de las mujeres españolas sea mucho más baja que la de otros países europeos y que el paro femenino sea más elevado que el masculino. No es fruto del azar que la brecha salarial sea de un vergonzoso 24% en contra de las mujeres. Ni que la tasa de paro femenina alcance cifras superiores a la masculina. Esas cifras van parejas a los datos de conciliación y de corresponsabilidad entre los hombres y las mujeres de este país. Aquí se concilia de boquilla, pero la realidad y las estadísticas nos dibujan un triste panorama impregnado de machismo y de distinción evidente de los roles de género.

Pero cuidado, pensar que eso es así y que algún día la sociedad evolucionará por simple inercia de los tiempos es un error que la sociedad en su conjunto pagaría caro. Los poderes públicos no pueden y no deben mirar hacia otro lado sino, muy al contrario, tienen la obligación de actuar y legislar para conducir a la sociedad hacia el objetivo de la plena igualdad entre hombres y mujeres. Sin detrimento, claro está, de que se produzca un cambio cultural y de costumbres que, aun así,  no se producirá en tiempo y forma adecuados si no se impulsa y se propicia desde esos poderes.

Difícilmente conseguiremos la igualdad salarial entre hombres y mujeres si somos nosotras las que seguimos cargando con la responsabilidad de cuidar a nuestros hijos y a los mayores y dependientes. Será imposible que alcancemos la tasa de empleo femenino del 74% acordada en la Unión Europea –ahora estamos 9 puntos por debajo- mientras nos encarguemos casi en exclusiva de las tareas domésticas. O mientras en los trabajos se siguen imponiendo horarios partidos, irracionales y jornadas interminables. La doble y la triple jornada dificultan en gran manera que podamos acceder a la vida laboral y, si lo hacemos, es en la práctica totalidad de los casos en inferioridad de condiciones: las mujeres nos encontramos con un río que debemos cruzar, que frecuentemente discurre muy caudaloso y que demasiadas veces nos acaba ahogando.


Pero a la derecha ya le va bien que sea así. Durante cuatro años el gobierno conservador y neoliberal de Rajoy se ha excusado en la crisis y ha dinamitado los puentes para cruzar el río que había colocado el anterior gobierno socialista. Puentes como la Ley de Dependencia, los servicios sociales, los permisos de paternidad más amplios o la educación para la igualdad en las escuelas. La reforma laboral ha precarizado el mercado laboral en todos los sentidos y las mujeres son las principales titulares de contratos parciales. Son incontables las medidas y recortes adoptados por ese gobierno nefasto que han acabado perjudicando de manera especial a las mujeres y que demuestran su total desinterés por la igualdad de género. De muchas de ellas he hablado en anteriores entradas, no me voy a extender. Pero tampoco me estaré quieta. No estaremos inactivos ni inactivas. Tenemos un compromiso y ya hemos empezado la cuenta atrás para hacer de esas promesas, realidades. Sé que lo conseguiremos, lucharemos para alcanzar los objetivos. Ah, y lo que desde luego no haremos será adoptar posturas y representaciones vacuas ante las cámaras de televisión. Lo nuestro son los hechos.

miércoles, 16 de diciembre de 2015

UN GOBIERNO QUE QUIERA A LAS MUJERES

Las mujeres españolas llevamos cuatro años soportando ofensas y ofensivas por parte del Partido Popular y de sus representantes en el gobierno. Han querido privarnos de nuestro derecho a decidir sobre nuestro propio cuerpo, a determinar cuándo queremos ser madres. De hecho se lo han quitado a las jóvenes de 16 y 17 años, que ahora necesitan el permiso de sus progenitores para poder abortar y, si no lo consiguen, se ven obligadas a ser madres adolescentes, con todo lo que eso conlleva. Y encima han suprimido la asignatura de Educación para la Ciudadanía y no han querido desarrollar la parte de la Ley del Aborto que incide en la prevención y en la información para evitar embarazos no deseados. ¡Un auténtico desastre!

Ya he hablado en anteriores post de la desidia con la que se afronta la lacra de la violencia de género. De la falta absoluta de medios y de recursos, sí, pero también de decisión política por parte tanto del partido en el gobierno como de la nueva derecha que aspira a apoyarlo. El presidente Rajoy, como toda la derecha, incluida la que se esconde tras las siglas de Ciudadanos, no quiere a las mujeres, no mira por nosotras. Muy al contrario, tal y como han demostrado sobradamente en esta campaña electoral que está a punto de tocar a su fin. Les importa bien poco lo que opinemos, lo que necesitemos, los derechos que nos son propios a las mujeres. Y un partido, sea cual sea, que desprecia a más de la mitad del país no merece, no debe estar en el gobierno. 

Los recortes en sanidad, en educación, en dependencia... la merma del Estado del Bienestar, en definitiva, nos ha hecho daño a todos y a todas, pero de manera muy especial a nosotras las mujeres. Por primera vez en cuarenta años ha disminuido la tasa de actividad femenina, hay menos mujeres trabajando o demandando empleo que hace unos años. Y el paro femenino se ha incrementado. Muchas han sido expulsadas literalmente del mercado laboral por la imposibilidad de compaginar trabajo y cuidado de menores o de personas mayores o dependientes. ¿Por qué? Porque la derecha -sea en el gobierno central, sea en Comunidades Autónomas allí donde ha gobernado, como en Catalunya, por ejemplo- se ha dedicado a cerrar guarderías públicas por falta de financiación, desde luego se ha empleado en no abrir nueva oferta de 0 a 3 años ni residencias o centros de día para ancianos, y además ha dejado en la más ínfima expresión la Ley de la Dependencia.

Las que todavía resisten y continúan trabajando lo hacen en condiciones precarias, con contratos por días o hasta por horas y en muchos casos a tiempo parcial aún queriendo una jornada completa. Todo eso, "gracias" a la Reforma Laboral del PP apoyada por CiU (léase Junts pel Sí, léase Democràcia i Llibertat) 

Más lamentable aún es que parte de la izquierda, encuadrada en eso que llaman los partidos emergentes, pase de puntillas por la Igualdad de Género y se limite, en sus programas y en sus declaraciones públicas, a meras generalidades demostrando o falta de interés o desconocimiento absoluto. Es más, me temo que adolecen de todo eso a la vez. De otra manera no se entiende, por ejemplo, la ausencia de Podemos en la oposición feroz a la "contrarreforma" de la Ley del Aborto que pretendía el PP. O las declaraciones de una de las fundadoras y candidata de ese partido, Carolina Bescansa, en el sentido de que "el aborto no es un tema que construya potencia política de transformación, y por lo tanto no es prioritario". Más claro, agua. 

Las mujeres debemos estar representadas de manera adecuada, de manera justa en el gobierno que salga de las urnas a partir del próximo 20 de diciembre. Sólo así tendremos la garantía de que se defienden nuestros derechos. Entre los cuatro partidos que optan a presidir o a apoyar la presidencia del gobierno español, sólo uno es capaz de representarnos. Porque de hecho ya lo hizo cuando aprobó la Ley de Igualdad, la Ley Integral contra la Violencia de Género, la Ley de la Dependencia, la Ley de Interrupción Voluntaria del Embarazo, cuando fue el primero en constituir un gobierno paritario, el primero en tener un Ministerio de Igualdad o una mujer como ministra de Defensa. La misma mujer, Carme Chacón, que hoy encabeza una de las listas del partido socialista. 

Os invito a tener en cuenta todo esto a la hora de decidir vuestro voto. Las mujeres tenemos mucho que decir en estas elecciones porque somos una parte importante y determinante del electorado que está llamado el 20 de diciembre a decidir el futuro de España. Y en este país, en pleno siglo XXI, no habrá futuro que merezca ese apelativo sin igualdad real entre hombres y mujeres. Ni habrá salida de la crisis sin contar con nosotras porque la sociedad poscrisis no puede permitirse el lujo de renunciar a la mitad de sus componentes. Por eso no podemos desperdiciar la oportunidad depositando la confianza en opciones no feministas o directamente machistas.

Diréis que no puedo ser imparcial porque soy socialista. Y es cierto, pero no lo es menos que soy mujer. Y seguramente por eso, entre otras cosas, soy socialista.