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jueves, 12 de noviembre de 2015



HAREMOS DE CADA DÍA UN NUEVO 7N

Fuimos decenas de miles de voces clamando el sábado 7 de noviembre en Madrid por el fin de la violencia de género, por la erradicación del machismo y el patriarcado como germen, origen y causa de demasiados asesinatos de mujeres en este país. La respuesta a esa gran manifestación, en cambio, adoptó de nuevo la forma de la violencia más primitiva, repugnante y animal que pueda imaginarse: cuatro nuevos asesinatos en pocas horas.

Me alegró ver a muchos hombres en la marcha contra las violencias machistas. Hombres anónimos y hombres significados, hombres comprometidos con la lucha por la igualdad y hombres que pasaban por allí y decidieron sumarse a ese clamor unánime. Hombres, al fin y al cabo, que junto a nosotras las mujeres, conforman esta sociedad. El género masculino, lejos de ser el origen del problema –lo es el machismo, no los hombres como tales- es la clave de la solución. Ya lo dije en la anterior entrada, los hombres tienen que empezar a vivir su masculinidad de manera muy diferente a la que les han enseñado, de una forma más próxima a la igualdad plena y muy, pero que muy alejada del machismo y la supremacía patriarcal que es, esa sí, la causa de la violencia de género.

El camino será largo, es cierto, y no estará sembrado de rosas sino que seguramente, lamentablemente, todavía lo veremos manchado de demasiada sangre de mujer derramada por esos seres despreciables que son los maltratadores. Pero la certeza de que esto no cambiará del día a la noche no puede paralizarnos, no nos va a callar. Haremos de cada día un nuevo 7N. Lo podemos hacer si cada uno de nosotros y nosotras toma conciencia de la gravedad del asunto, si en cada gesto cotidiano condenamos el machismo y lo desterramos de nuestras vidas, si no giramos la vista ante los abusos y denunciamos cualquier violencia contra las mujeres, si educamos personas, no hombres o mujeres de manera diferenciada, y lo hacemos no solo en las escuelas sino también en casa, en los espacios de ocio infantil, frente al televisor, en el supermercado y las tiendas de juguetes... 

El pasado fin de semana, aun con el cansancio de los kilómetros recorridos, del asfalto pisado y los gritos proferidos, pero satisfechas y orgullosos por el éxito de la convocatoria, la realidad nos estalló en plena cara. Una realidad que apunta a la necesidad imperiosa de un pacto de estado, de un compromiso firme de toda la sociedad y de los y las dirigentes políticos para cambiar esta sociedad de abajo a arriba. Pero no nos engañemos, no todos los políticos están igualmente comprometidos con la igualdad. No todos ni todas tienen la necesaria determinación para luchar contra la violencia de género usando toda la legislación, reformas incluidas, ni todos los recursos, para combatirla, para perseguir a los maltratadores y proteger a las víctimas, para invertir en la educación de nuestros niños y niñas en la igualdad, para condenar enérgicamente todas las violencias machistas. Algunos programas políticos pasan de puntillas sobre estos temas. Otros, con tradición e historia de lucha por la igualdad, con hechos palpables y legislaciones aprobadas cuando han gobernado, no solo llevan la igualdad en su ADN sino que la plasman en sus programas electorales. Como electores, tenemos la palabra y la decisión. No desperdiciemos la oportunidad.


martes, 27 de octubre de 2015

EL DÍA QUE ELLOS QUIERAN


La ONU, que estos días está de aniversario, ha denunciado la lentitud en la progresión social hacia la igualdad. El informe The world's women report (Las mujeres en el mundo) elaborado por el departamento de estadística de Naciones Unidas, arroja unos datos desalentadores: harán falta todavía dos siglos más para conseguir la igualdad entre hombres y mujeres.

En todos los terrenos donde busquemos la comparación, las mujeres salimos perdiendo, a pesar de los avances que se han producido en las últimas décadas. Una progresión hacia una sociedad más igualitaria que -dirán algunos- resulta exponencial en relación con la conseguida en siglos pasados. Es cierto y lo es en diferentes países, también en España, gracias al empuje de gobiernos progresistas, pero queda muy lejos aun de ser un avance suficiente y satisfactorio. Además, la realidad es tozuda y nos demuestra, por una parte, que los avances nunca hay que darlos por consolidados y debemos seguir peleándolos desde el feminismo y el compromiso por la igualdad para que no muten de nuevo en retrocesos. Y, por otra parte, un análisis detenido nos llevará a la distinción entre igualdad formal e igualdad real, muy alejada ésta de aquella otra que figura en la legislación. En temas como el de la violencia de género es más que evidente, pero también lo es en otros terrenos como el laboral o incluso en el de los derechos sexuales y reproductivos, eternamente amenazados por la moral y la ideología conservadora.
  
El informe, como tantos otros, constata una evidencia ante la que no podemos permanecer impasibles. Una vez más, se trata de buscar el compromiso de la sociedad en su conjunto para que el empujón hacia la plena igualdad sea definitivo. 

Hay un dato revelador en el informe de la ONU, un dato que nos ofrece alguna pista del secreto del éxito en el avance futuro hacia la igualdad: los hombres siguen corriendo más riesgo de muerte que las mujeres a causa de esa sociedad desigual que les empuja a adoptar constantemente conductas consideradas como definidoras de la masculinidad. Por ejemplo, ellos tienen más riesgo de padecer accidentes de tráfico o de morir a consecuencia del consumo excesivo de tabaco y/o alcohol. 

El día en que los hombres se den cuenta de que no sólo su vida corre un riesgo inútil que podrían eliminar cambiando sus conductas o, aún mejor, el día en que ellos comprueben las ventajas de dejar a un lado una masculinidad mal entendida y de la que son esclavos sin darse cuenta, ese día, el día que ellos quieran, seguramente avanzaremos más hacia la igualdad que en los últimos veinte siglos. Ojalá sea pronto.