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martes, 9 de mayo de 2017

VIOLENCIA DE GÉNERO Y RTVE


Mucho se ha escrito, dicho, analizado y recomendado sobre el tratamiento mediático de la violencia de género. Pero a pesar de ello, los medios de comunicación y particularmente las televisiones continúan haciendo oídos sordos y siguen abordando de una manera extremadamente irresponsable esta cuestión que se debate en sede parlamentaria con la intención de alcanzar, a corto plazo, un Pacto de Estado.

La responsabilidad de los medios, de sus cargos directivos y de los y las periodistas es incuestionable, a la par que ineludible. Si, además, estamos hablando de medios públicos, la no asunción de esa responsabilidad es una desatención a la legalidad vigente.

Formo parte de la subcomisión del Congreso de los Diputados para un Pacto de Estado sobre la Violencia de Género. Llevamos cerca de 60 comparecencias y en una buena parte de ellas se ha abordado, sea de manera plena o colateral, este tema, el del papel de los medios en el abordaje y prevención de la violencia machista. Hace unos días, en la Comisión Mixta de Control Parlamentario de la Corporación RTVE y sus Sociedades, le formulé al presidente de esa Corporación, José Antonio Sánchez, una pregunta sobre qué actuaciones se llevan a cabo para dar cumplimiento a lo que indica al respecto la Ley integral contra la violencia de género. Y, claro, le ofrecí mi parecer: que en absoluto se está cumpliendo el mandato de la ley y, lo que es peor, en algunos programas como La Mañana o en Hora Punta, de Javier Cárdenas, se vulnera esa ley, así como la Ley de Igualdad, de la que hace poco conmemoramos el décimo aniversario.

Fue en La Mañana de La Uno donde se vendió como exclusiva una entrevista al violador de Pirámides, autor confeso de al menos 140 violaciones. Una información tendenciosa, con referencia sólo al autor del delito, tratando al victimario como víctima y evitando cualquier alusión a las mujeres que agredió sexualmente. Una auténtica vergüenza. Y no fue un desliz. La violencia de género se ha tratado con alarmante frivolidad, con irresponsabilidad y con banalización en ese programa, que cuenta con tertulianos habituales que defienden falacias como la existencia extendida y sistemática de denuncias falsas. Cuando está probado que son pura anécdota y que cuando existen, se detectan y se persiguen con la pena que merecen. Las denuncias falsas no son el problema, el problema son los miles de casos, denunciados o no, que se continúan dando en nuestro país.

Y sobre el programa de Javier Cárdenas no me extenderé. Es sobradamente conocida la frivolidad, demostraciones de machismo y difusión de estereotipos sexistas en este y otros programas que ha presentado. El presidente de RTVE, por cierto, se mostró sorprendido y aseguró que no se ha enterado de que "en RTVE se fomente la imagen de la mujer como objeto sexual". Pues ese es el problema, señor Sánchez, que no se entera ni se quiere enterar. Que le da absolutamente igual el contenido de esos programas y otros que emite la primera cadena de la televisión pública estatal. Que la igualdad brilla por su ausencia en TVE, que el Plan de Igualdad interno no se cumple, que no forma adecuadamente en igualdad a sus profesionales para que no se repita día tras día ese tratamiento inadecuado en forma de opiniones, imágenes o contenidos.

Dice el profesor de periodismo y doctor en Ciencias de la Información José María Calleja que hasta que los medios pusieron la cámara en el punto de vista de las mujeres, pasaron muchos años pero que, actualmente, esos mismos medios de comunicación siguen sin tener una posición beligerante frente a la violencia de género. Posición beligerante que sí demostraron tener en un problema asimilable como fue el terrorismo etarra. Es cierto. Los medios abordan este tema como si se tratase de un problema particular y como si estuviéramos ante un simple suceso. Por eso ofrecen detalles morbosos y dan validez al testimonio de cualquiera. Por eso, cuando nos cuentan un caso, no lo contextualizan, lo narran sin molestarse en enmarcarlo en el verdadero problema que hay detrás de todos los casos de violencia de género: la desigualdad y el machismo.

Yo recuerdo el primer caso de violencia de género que tuve que cubrir en mi carrera profesional como periodista. Apenas se habían iniciado los años 90 del pasado siglo y el concepto de violencia de género no era el más usado. Entonces aún se hablaba de crímenes pasionales y se justificaba al agresor - que terminó suicidándose tras asesinar a su mujer y a su hijo- argumentando que padeció enajenación mental transitoria. Vamos, que le dio un aire, que se le cruzaron los cables, y acabó con la vida "de los que más quería" y, al darse cuenta de lo que había hecho, se quitó de en medio. Han pasado los años y, afortunadamente, hoy sabemos que esos asesinatos son calculados, premeditados y, sobre todo, que tienen un denominador común, se suicide o no el autor: se trata de violencia ejercida sobre la mujer por el hecho de ser mujer y el machismo y la desigualdad subyacen en todos los casos. También recuerdo como en aquellos años era relativamente habitual que fuentes policiales justificaran algún caso de agresión de un marido a su mujer, que terminaba en desistimiento o en retirada de la denuncia porque "algo habría hecho para que le levantara la mano".... Tal cual aunque, lógicamente, nunca reproduje - por sentido común y por honor a la verdad- semejante sentencia en mis crónicas. Un sentido común y una defensa de la víctima que en demasiadas ocasiones, aun hoy en día, encuentro a faltar en algunos compañeros y compañeras de profesión.

Pero ya es suficiente. Es hora de que ese tipo de comentarios, justificaciones y sesgos, de que ese tratamiento mediático y por ende social de la violencia de género quede del todo desterrado. No nos podemos permitir continuar así. Es urgente un pacto mediático, un compromiso serio, empezando por los medios públicos como RTVE, para que se aborde este problema como lo que es, una cuestión de Estado en cuyo combate debe implicarse toda la sociedad. Y es deber del presidente de la Corporación, en la parte que le corresponde, velar porque así sea.


lunes, 22 de agosto de 2016

¡FELICIDADES, CAMPEONAS!


Las Olimpiadas de Río 2016 ya son historia. Para el olimpismo español, el medallero arroja un discreto 14º puesto con 17 metales, lejos aún del resultado de Barcelona ´92. Pero podría haber sido mucho peor si la competición se hubiese limitado a las pruebas y los atletas masculinos. Entonces nos hubiéramos tenido que contentar con 8 medallitas de nada, la mitad de las cuales hubiesen sido de bronce. Colombia tiene 8 medallas, y figura en el puesto 23 del ranquing, bastante más atrás que España. 

Digo esto sin acritud, con todo mi respeto y admiración por el deporte masculino. De hecho soy una declarada forofa del Barça, del primer equipo, el que lidera un monstruo del balón como es Messi. Lo que ocurre es que si las mujeres somos la mitad de la población y ganamos más medallas que ellos, más oros y platas que nuestros compatriotas deberíamos ocupar, como mínimo, los mismos espacios mediáticos y obtener el mismo respecto, trato y consideración por parte de la prensa que ellos. Pues no. Si algo ha quedado claro y patente en estas olimpiadas que dejamos atrás es que las columnas periodísticas y los relatos televisivos, radiofónicos, así como, por ende, los elogios en las redes sociales, se los llevan los caballeros. Siempre ellos, ganen o pierdan. Y cuando son ellas las que ganan, es porque hay algún caballerete - léase entrenador- que lo ha hecho posible. 

Lo que está claro es que no podemos pedir peras al olmo. El deporte femenino está considerado, con olimpadas o sin ellas, como si fuera de segunda clase. Cierto es que el público consume mayoritariamente deporte masculino, pero no lo es menos que se habitúa a lo que le dan. Y si es prácticamente imposible ver en televisión y en un canal con audiencia una competición femenina por muy elevada y de calidad que sea (afortunadamente cada vez se prodigan más, pero aún estamos muy lejos de la igualdad), no podemos pretender que el "chip" del periodista deportivo de turno, como el de la persona que está siguiendo los Juegos, cambie de la noche a la mañana, y sea capaz de valorar en su justa medida los logros de nuestras deportistas de élite.

No lo hace porque en su rutina diaria no está acostumbrado - o acostumbrada - a ello, y porque vive en una sociedad que es todavía incapaz - en general- de valorar a las mujeres por sus capacidades físicas e intelectuales y no por sus cualidades físico-sexuales (si es o no sexi, si es más o menos femenina, etc) y/o por sus circunstancias (si está casada o ennoviada, si tiene o quiere tener hijos, si su entrenador es más o menos capaz, si nada como un hombre o si es la reencarnación en versión femenina de un grande del atletismo...) Lo ha constatado un estudio de la Universidad de Cambridge que se ha hecho público coincidiendo con las olimpiadas. Esto último es lo que los medios han destacado de nuestras deportistas. Triste, pero no por ello inesperado, sólo es el reflejo de lo que vivimos día tras día en nuestra sociedad y en nuestros medios de comunicación.

Pero no desesperemos y, sobre todo, no tiremos la toalla. Hay algo que me parece positivo en todo este vergonzante panorama. Nunca, como en estos Juegos Olímpicos, se había hablado tanto y se había suscitado tanta polémica por los titulares machistas reiterados. Porque anteriormente también los había, como digo. La diferencia quizás estribe, por una parte, en que la virtud de las olimpiadas es que suponen un escaparate para todas las disciplinas deportivas, las mayoritarias y las minoritarias. Y en estas últimas nos vemos obligadas a incluir también los deportes de masas cuando las que compiten son mujeres. Por otra parte, la audiencia está afortunadamente cada vez más sensibilizada y tolera menos los insultos y menosprecios de base machista y patriarcal.

Por todo ello, esperemos, confiemos, en que Río 2016 constituya un punto de inflexión, marque un antes y un después en el relato periodístico del deporte femenino en este país y en el mundo en general. Y no sólo eso, deseemos que todos esos titulares dignos de suspenso en cualquier facultad de periodismo sirvan al menos para que la sociedad haga una profunda reflexión sobre el déficit de igualdad que aún la impregna. Y ponga, pongamos entre todas y todos, remedio de una vez por todas. 


lunes, 28 de septiembre de 2015

UN POCO DE SERIEDAD


En las facultades de periodismo, las mujeres somos una mayoría clara. En los puestos directivos de los medios de comunicación, ellos son muchos más. También son más los líderes de opinión y siguen siendo ellos los protagonistas de las informaciones consideradas serias y trascendentes.
Seguramente esto explique, al menos en parte, el lamentable trato que en términos generales la profesión periodística está dispensando a las informaciones relacionadas con violencia de género.

 Lamentablemente, en el verano que acabamos de dejar atrás hemos asistido, impotentes, a un reguero de asesinatos y a una generalización de la violencia contra las mujeres y en muchos casos contra sus hijas e hijos. En tan solo dos meses, el terrorismo machista asesinó a más de 30 personas, entre mujeres y niños y niñas.
El machismo no cesa, sólo se transforma. Pero sigue matando. Por eso no podemos bajar el nivel de alerta. Muy al contrario. Debe ser la sociedad en su conjunto la que se alce en contra de la violencia machista. Y los medios de comunicación tienen una responsabilidad ineludible en esa lucha. Una responsabilidad que no pueden ni deben – por decencia y por dignidad profesional- seguir eludiendo.

Para empezar, es básico llamar a las cosas por su nombre. Me resulta inimaginable pensar en titulares de prensa de medios serios y de prestigio ni siquiera semejantes a los que podemos leer con ocasión de un asesinato machista, en relación con las tremendas acciones terroristas que vivió este país hasta hace bien poco. ¿O acaso titularían “Encontrado muerto un militar en su coche en Bilbao”, por ejemplo, en lugar de “ETA asesina con una bomba lapa a un militar en Bilbao”?

Si condenable es cualquier tipo de terrorismo de raíz política, también lo debe ser en la misma medida el terrorismo machista. Porque no podemos hablar en otros términos cuando se cuentan ya 800 mujeres asesinadas desde 2003, año en que se empezaron a recopilar estadísticas oficiales de víctimas mortales por efecto del machismo.
Insisto, la responsabilidad de erradicar la violencia machista no es individual sino colectiva, de todas las personas que integramos la sociedad, que debemos asumir en todo momento, en cada una de nuestras actitudes y actividades privadas y públicas. Es ésta una responsabilidad social y como tal, por supuesto, también un deber político. Pero la manera en la que los medios nos cuentan esas noticias es decisiva a la hora de las lecturas y de la trascendencia que tengan esos hechos siempre deleznables.

A la espera de que más mujeres puedan acceder a la dirección de esos medios, y con la esperanza de que los muchos hombres y las pocas mujeres que actualmente los dirigen reflexionen y actúen en esta dirección, las redactoras –que sí son bastantes- y los redactores pueden empezar a ponerse gafas lilas, esto es, las de mirar con visión de género. Y también estaría bien que lo hiciéramos las personas que leemos, escuchamos y vemos esos medios. La exigencia debe ser estricta y las disculpas no valen. El lenguaje es importante porque transmite ideología. Y, hablando de violencia de género, ésta no puede ser otra que aquella que apunte a la igualdad.