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lunes, 22 de enero de 2018

¿QUÉ VALEN LAS MUJERES?



Ninguneo, palabrería, postureo y pasotismo. El Gobierno aplica esta máxima en la cuasi totalidad de las materias, aunque cuando se trata de abordar un problema tan grave y tan serio como los asesinatos machistas que se suceden año tras año, mes tras mes, semana tras semana, algo nos hace pensar que el estómago de nuestros gobernantes, y por ende el de la sociedad en que vivimos, tiene unas tragaderas demasiado grandes. Lo digo sobre todo porque hace apenas dos meses el Congreso de los Diputados aprobó por unanimidad una iniciativa que insta al Gobierno a disponer al menos 200 millones de euros, hubiera o no nuevos presupuestos, para las medidas del Pacto de Estado sobre Violencia de Género que la misma cámara había aprobado en septiembre del pasado año. Ahora, iniciado el nuevo año, toca habilitar esas partidas. Es más, hay muchas medidas entre las aprobadas hace ya más de tres meses que no necesitan de incremento presupuestario, sino únicamente de predisposición y ganas de llevarlas a cabo cuanto antes. Entre ellas, modificaciones legales que deberían entrar en el Congreso tan pronto como empiece, en febrero, el nuevo período de sesiones.
 Algunas de esas medidas pueden ser determinantes para trazar un camino hacia la plena igualdad, hacia la igualdad real entre hombres y mujeres. Un camino que pase por la educación y que facilite la lucha contra la violencia porque en su estela veamos el destierro del machismo de la sociedad. Otras, apuntan hacia la mejora de la seguridad de las víctimas, con mayores garantías para ellas y para sus hijos e hijas, cuando los haya.
 No estamos hablando de un problema residual, ni puntual. En los últimos quince años, más de 900 hombres han asesinado en España a sus parejas o ex parejas. Es una cuestión estructural que, como tal, requiere de ingentes esfuerzos para conseguir que cambie. Si echamos la vista atrás y observamos el gran dolor infligido por la banda terrorista ETA en nuestro país, veremos que la cifra de asesinatos en algo más de 40 años se acerca a la de mujeres asesinadas en sólo tres lustros. Sin ánimo de caer en reduccionismos, una rápida regla de tres nos llevaría a la escalofriante cifra de casi 2500 mujeres asesinadas en cuarenta años. ¿Cómo es posible que lo toleremos y que el Estado no dedique todos los recursos posibles a luchar contra semejante problema? Es más, cabría preguntarse qué valor le damos como sociedad a la vida de una mujer para que no nos echemos en masa a la calle cada vez que una de nosotras es asesinada.
 Desde luego no es sencillo acabar con este problema - tampoco lo fue acabar con ETA- y por supuesto el Pacto de Estado no es la panacea, pero sí es un punto de partida imprescindible no sólo por las medidas que contiene sino porque es un espejo en el que la sociedad española debe poder reflejarse. Por eso, precisamente, es si cabe más indignante la inacción gubernamental. ¿Cómo podemos pedirle a la ciudadanía que avance desde una actitud pasiva hacia una proactiva en contra de la violencia machista si el Gobierno mira hacia otro lado o simplemente hace ver que hace pero sin tomar en verdad las decisiones que pueden cambiar el estatus quo de las víctimas?
 Por eso mismo es igualmente irresponsable la actitud de un partido como Podemos, que se abstuvo en su aprobación, aún a sabiendas - porque estuvo presente y participó del arduo proceso de gestación y negociación de las 214 medidas- que no fue nada sencillo alcanzar un mínimo común denominador, pero que lo pactado, si se realiza en su totalidad, puede significar un avance muy importante.
 Desde luego el esfuerzo que se requiere tiene que ir más allá del ámbito político. Y ahí también debemos señalar culpables. ¿O es que es de recibo el juicio paralelo en casos como el de la violación múltiple de los san Fermines? ¿Es justo acaso que la víctima deba probar que lo fue, hasta el punto de que se admita como prueba el seguimiento a la mujer violada en los días siguientes a serlo, insinuando que no puede ni debe tener vida social? ¿Es normal que en casos como el de la tristemente desaparecida y asesinada Diana Quer los medios de comunicación juzgaran a la víctima hasta el punto de culparla de su propia desaparición y de lo que le hubiera podido ocurrir?
 Tampoco ayuda la insolidaridad de la otra mitad de la sociedad. Salvo honrosas excepciones, los hombres siguen considerando el combate por la igualdad y contra la violencia de género como algo que nos atañe únicamente a nosotras. Craso error. Se trata de una lucha en la que nos tenemos que embarcar todas y todos para que tenga garantía de éxito. Como ejemplo, el de la ajedrecista Anna Muzychuck que se apeó recientemente de un campeonato mundial que se celebraba en Arabia Saudí porque no quiso ser deportista de segunda ni someterse a las discriminatorias costumbres islámicas. Aún estoy esperando que los hombres que competían en ese campeonato hiciesen lo propio, es decir, renunciaran, para evidenciar que en pleno siglo XXI es inaceptable una situación como esta.
 Encontraríamos, sin duda, muchos más ejemplos porque el engranaje de la violencia machista es muy complejo y se compone de múltiples piezas. Su versatilidad es casi infinita porque el machismo es capaz de mutar y adaptarse al ritmo de los tiempos. Pero el daño que produce es siempre el mismo y tiene siempre como objetivo el sometimiento de la mitad de la sociedad que somos las mujeres a la otra mitad. En su combate, el primer impulso está claro que debe partir del Gobierno, desde la responsabilidad máxima que ostenta, y debe irradiar en la sociedad con la máxima capilaridad. ¡Señor Rajoy, ya está tardando!


Artículo publicado el 7 de enero de 2018 en Tribuna Feminista 

martes, 9 de mayo de 2017

VIOLENCIA DE GÉNERO Y RTVE


Mucho se ha escrito, dicho, analizado y recomendado sobre el tratamiento mediático de la violencia de género. Pero a pesar de ello, los medios de comunicación y particularmente las televisiones continúan haciendo oídos sordos y siguen abordando de una manera extremadamente irresponsable esta cuestión que se debate en sede parlamentaria con la intención de alcanzar, a corto plazo, un Pacto de Estado.

La responsabilidad de los medios, de sus cargos directivos y de los y las periodistas es incuestionable, a la par que ineludible. Si, además, estamos hablando de medios públicos, la no asunción de esa responsabilidad es una desatención a la legalidad vigente.

Formo parte de la subcomisión del Congreso de los Diputados para un Pacto de Estado sobre la Violencia de Género. Llevamos cerca de 60 comparecencias y en una buena parte de ellas se ha abordado, sea de manera plena o colateral, este tema, el del papel de los medios en el abordaje y prevención de la violencia machista. Hace unos días, en la Comisión Mixta de Control Parlamentario de la Corporación RTVE y sus Sociedades, le formulé al presidente de esa Corporación, José Antonio Sánchez, una pregunta sobre qué actuaciones se llevan a cabo para dar cumplimiento a lo que indica al respecto la Ley integral contra la violencia de género. Y, claro, le ofrecí mi parecer: que en absoluto se está cumpliendo el mandato de la ley y, lo que es peor, en algunos programas como La Mañana o en Hora Punta, de Javier Cárdenas, se vulnera esa ley, así como la Ley de Igualdad, de la que hace poco conmemoramos el décimo aniversario.

Fue en La Mañana de La Uno donde se vendió como exclusiva una entrevista al violador de Pirámides, autor confeso de al menos 140 violaciones. Una información tendenciosa, con referencia sólo al autor del delito, tratando al victimario como víctima y evitando cualquier alusión a las mujeres que agredió sexualmente. Una auténtica vergüenza. Y no fue un desliz. La violencia de género se ha tratado con alarmante frivolidad, con irresponsabilidad y con banalización en ese programa, que cuenta con tertulianos habituales que defienden falacias como la existencia extendida y sistemática de denuncias falsas. Cuando está probado que son pura anécdota y que cuando existen, se detectan y se persiguen con la pena que merecen. Las denuncias falsas no son el problema, el problema son los miles de casos, denunciados o no, que se continúan dando en nuestro país.

Y sobre el programa de Javier Cárdenas no me extenderé. Es sobradamente conocida la frivolidad, demostraciones de machismo y difusión de estereotipos sexistas en este y otros programas que ha presentado. El presidente de RTVE, por cierto, se mostró sorprendido y aseguró que no se ha enterado de que "en RTVE se fomente la imagen de la mujer como objeto sexual". Pues ese es el problema, señor Sánchez, que no se entera ni se quiere enterar. Que le da absolutamente igual el contenido de esos programas y otros que emite la primera cadena de la televisión pública estatal. Que la igualdad brilla por su ausencia en TVE, que el Plan de Igualdad interno no se cumple, que no forma adecuadamente en igualdad a sus profesionales para que no se repita día tras día ese tratamiento inadecuado en forma de opiniones, imágenes o contenidos.

Dice el profesor de periodismo y doctor en Ciencias de la Información José María Calleja que hasta que los medios pusieron la cámara en el punto de vista de las mujeres, pasaron muchos años pero que, actualmente, esos mismos medios de comunicación siguen sin tener una posición beligerante frente a la violencia de género. Posición beligerante que sí demostraron tener en un problema asimilable como fue el terrorismo etarra. Es cierto. Los medios abordan este tema como si se tratase de un problema particular y como si estuviéramos ante un simple suceso. Por eso ofrecen detalles morbosos y dan validez al testimonio de cualquiera. Por eso, cuando nos cuentan un caso, no lo contextualizan, lo narran sin molestarse en enmarcarlo en el verdadero problema que hay detrás de todos los casos de violencia de género: la desigualdad y el machismo.

Yo recuerdo el primer caso de violencia de género que tuve que cubrir en mi carrera profesional como periodista. Apenas se habían iniciado los años 90 del pasado siglo y el concepto de violencia de género no era el más usado. Entonces aún se hablaba de crímenes pasionales y se justificaba al agresor - que terminó suicidándose tras asesinar a su mujer y a su hijo- argumentando que padeció enajenación mental transitoria. Vamos, que le dio un aire, que se le cruzaron los cables, y acabó con la vida "de los que más quería" y, al darse cuenta de lo que había hecho, se quitó de en medio. Han pasado los años y, afortunadamente, hoy sabemos que esos asesinatos son calculados, premeditados y, sobre todo, que tienen un denominador común, se suicide o no el autor: se trata de violencia ejercida sobre la mujer por el hecho de ser mujer y el machismo y la desigualdad subyacen en todos los casos. También recuerdo como en aquellos años era relativamente habitual que fuentes policiales justificaran algún caso de agresión de un marido a su mujer, que terminaba en desistimiento o en retirada de la denuncia porque "algo habría hecho para que le levantara la mano".... Tal cual aunque, lógicamente, nunca reproduje - por sentido común y por honor a la verdad- semejante sentencia en mis crónicas. Un sentido común y una defensa de la víctima que en demasiadas ocasiones, aun hoy en día, encuentro a faltar en algunos compañeros y compañeras de profesión.

Pero ya es suficiente. Es hora de que ese tipo de comentarios, justificaciones y sesgos, de que ese tratamiento mediático y por ende social de la violencia de género quede del todo desterrado. No nos podemos permitir continuar así. Es urgente un pacto mediático, un compromiso serio, empezando por los medios públicos como RTVE, para que se aborde este problema como lo que es, una cuestión de Estado en cuyo combate debe implicarse toda la sociedad. Y es deber del presidente de la Corporación, en la parte que le corresponde, velar porque así sea.


lunes, 28 de septiembre de 2015

UN POCO DE SERIEDAD


En las facultades de periodismo, las mujeres somos una mayoría clara. En los puestos directivos de los medios de comunicación, ellos son muchos más. También son más los líderes de opinión y siguen siendo ellos los protagonistas de las informaciones consideradas serias y trascendentes.
Seguramente esto explique, al menos en parte, el lamentable trato que en términos generales la profesión periodística está dispensando a las informaciones relacionadas con violencia de género.

 Lamentablemente, en el verano que acabamos de dejar atrás hemos asistido, impotentes, a un reguero de asesinatos y a una generalización de la violencia contra las mujeres y en muchos casos contra sus hijas e hijos. En tan solo dos meses, el terrorismo machista asesinó a más de 30 personas, entre mujeres y niños y niñas.
El machismo no cesa, sólo se transforma. Pero sigue matando. Por eso no podemos bajar el nivel de alerta. Muy al contrario. Debe ser la sociedad en su conjunto la que se alce en contra de la violencia machista. Y los medios de comunicación tienen una responsabilidad ineludible en esa lucha. Una responsabilidad que no pueden ni deben – por decencia y por dignidad profesional- seguir eludiendo.

Para empezar, es básico llamar a las cosas por su nombre. Me resulta inimaginable pensar en titulares de prensa de medios serios y de prestigio ni siquiera semejantes a los que podemos leer con ocasión de un asesinato machista, en relación con las tremendas acciones terroristas que vivió este país hasta hace bien poco. ¿O acaso titularían “Encontrado muerto un militar en su coche en Bilbao”, por ejemplo, en lugar de “ETA asesina con una bomba lapa a un militar en Bilbao”?

Si condenable es cualquier tipo de terrorismo de raíz política, también lo debe ser en la misma medida el terrorismo machista. Porque no podemos hablar en otros términos cuando se cuentan ya 800 mujeres asesinadas desde 2003, año en que se empezaron a recopilar estadísticas oficiales de víctimas mortales por efecto del machismo.
Insisto, la responsabilidad de erradicar la violencia machista no es individual sino colectiva, de todas las personas que integramos la sociedad, que debemos asumir en todo momento, en cada una de nuestras actitudes y actividades privadas y públicas. Es ésta una responsabilidad social y como tal, por supuesto, también un deber político. Pero la manera en la que los medios nos cuentan esas noticias es decisiva a la hora de las lecturas y de la trascendencia que tengan esos hechos siempre deleznables.

A la espera de que más mujeres puedan acceder a la dirección de esos medios, y con la esperanza de que los muchos hombres y las pocas mujeres que actualmente los dirigen reflexionen y actúen en esta dirección, las redactoras –que sí son bastantes- y los redactores pueden empezar a ponerse gafas lilas, esto es, las de mirar con visión de género. Y también estaría bien que lo hiciéramos las personas que leemos, escuchamos y vemos esos medios. La exigencia debe ser estricta y las disculpas no valen. El lenguaje es importante porque transmite ideología. Y, hablando de violencia de género, ésta no puede ser otra que aquella que apunte a la igualdad.