viernes, 12 de febrero de 2016

RECUPEREMOS EL MINISTERIO DE IGUALDAD


La actividad parlamentaria se va activando semana a semana en el Congreso de los y las Diputados/as (por cierto, quizás deberíamos plantearnos en serio aplicar el lenguaje no sexista ni excluyente a la terminología institucional) El miércoles, 10 de febrero, quedó constituida formalmente la Comisión de Igualdad, de la que formo parte como vocal. Tenemos mucho trabajo por delante, qué duda cabe. Empezando por el Pacto institucional, social y político contra la violencia de género. Esa lacra contra la que no debemos ni podemos resignarnos y para la que sabemos que existen soluciones que darán tarde o temprano frutos. Seguramente no serán inmediatos, la tarea es ardua pero, precisamente por eso, cuanto antes la iniciemos, antes obtendremos réditos. Lógicamente, la Comisión Parlamentaria de Igualdad trabajará en muchos otros campos, como anunció su presidenta, la socialista Pilar Cancela: igualdad salarial, conciliación y usos del tiempo, visibilidad de las mujeres y su representación en los medios de comunicación, así como un largo etcétera. 

Esta semana se ha producido algo tanto o más importante que la constitución de esa comisión parlamentaria. El líder socialista, Pedro Sánchez, quien ha aceptado la propuesta de procurar constituir un nuevo gobierno, anunció ayer que quiere recuperar el Ministerio de Igualdad. Es básico que todos los temas relacionados con igualdad y género se impulsen desde un ministerio específico. Sobre todo porque sólo desde la especialización, y no es una paradoja, se puede conseguir que éste sea un tema presente en todas las acciones de gobierno. Y únicamente desde la transversalidad en la acción política se camina de verdad hacia la plena igualdad. Si nadie vela permanentemente por los intereses del cien por cien de la población, la inercia del día a día hace que todo el mundo tienda a tener poco presente, si no a olvidar, la mitad que constituimos las mujeres. Esa es la esencia y el producto de la sociedad patriarcal en la que vivimos, mal que nos pese.

Todas estas acciones constituyen buenas nuevas para las mujeres y para todas aquellas personas que creemos en la igualdad de género y que luchamos día a día por conseguirla. Cada vez somos más, hombres y mujeres, los y las que tenemos esa como una de nuestras banderas. Algunas tenemos incluso el honor y el privilegio de hacerlo desde lugares donde somos portavoces de la voluntad popular. El recientemente constituido Congreso de las personas Diputadas está cerca de la paridad. Las diputadas somos un 41% de la cámara, un récord que confiemos que se bata de nuevo en la siguiente legislatura.

En esa lucha diaria nos precedieron otras mujeres. Todo comenzó en 1931. Clara Campoamor, una de las tres diputadas en el Congreso, pronunció el histórico discurso que tanto ayudó a conseguir, ese mismo año, el sufragio femenino, que cristalizó en 1933 en las primeras elecciones en las que las mujeres ejercieron su derecho a voto. Tres años más tarde Federica Montseny se convirtió en la primera mujer Ministra en España y pionera en Europa. Aún trascurrieron unas décadas, superado el Franquismo, para que en 1977 la mesa del Congreso registrara por primera vez la presencia de una mujer, y sólo más de veinte años después, en el 2000, una mujer presidió el Congreso. 

Soy, somos, herederas de esas políticas feministas pioneras de los años treinta del pasado siglo a las que deberíamos tener mucho más presentes. Recogemos el legado de Campoamor para avanzar hacia una sociedad más justa e igualitaria, para recuperar lo perdido en estos últimos años de rodillo neoliberal caracterizado por acciones contrarias a los derechos de las mujeres. Lo haremos con mucho menos mérito que Clara, eso por supuesto. Los tiempos son complicados pero ahora somos muchas más y tenemos muchísimo más respaldo social y político que el que ella tuvo. Pero nosotras lo haremos. Otras, pueden también y no lo hacen.











lunes, 1 de febrero de 2016

YO ESTUVE EN EL TREN DE LA LIBERTAD


Hoy se cumplen dos años de la multitudinaria manifestación del Tren de la Libertad. Miles de mujeres y de hombres nos manifestamos aquel sábado 1 de febrero de 2014 desde Atocha hasta los alrededores del Congreso de los Diputados reclamando el mantenimiento del derecho al aborto. La iniciativa partió de un grupo de feministas de Gijón que decidieron movilizarse contra la intención del gobierno del PP, y en particular del entonces ministro de Justicia Alberto Ruiz Gallardón, de reformar la vigente Ley de salud sexual y reproductiva y de interrupción voluntaria del embarazo.

A aquella primera iniciativa de las feministas asturianas se sumaron numerosos grupos de mujeres de toda la geografía española, así como partidos políticos progresistas, liderados por el partido  socialista, y sindicatos.  El resultado fue una marcha histórica que consiguió frenar la embestida del PP contra el derecho de las mujeres a decidir sobre su propio cuerpo, sobre su maternidad. Frenó un intento de devolvernos a las cavernas, de trasladarnos en el túnel del tiempo hasta otros tiempos en los que ni estaba permitida la contracepción ni, por supuesto, el aborto. Tiempos en los que las mujeres acudían al mercado negro para conseguir anticonceptivos y en los que, las que podían, viajaban a Londres para evitar la progresión de un embarazo en absoluto deseado. Otras perecían en el intento o sufrían graves consecuencias físicas y psicológicas al someterse a abortos clandestinos. Hasta ahí nos quería conducir el PP, pero luchamos denodadamente y conseguimos frenarlo.    

Aquel fue un triunfo importante, pero parcial. El partido en el gobierno no cejó en su empeño de reformar uno de los aspectos de la Ley que impulsó el presidente Zapatero en 2010 y les arrebató a las jóvenes de 16 y 17 años la potestad de decidir por sí mismas si querían seguir o no adelante con sus embarazos. Si eso no fuera suficientemente grave - y a pesar de que Gallardón acabó dimitiendo y que el ministro de Educación, no menos cuestionado, también fue relevado en el cargo- el gobierno de Rajoy recortó tanto como pudo la inversión en programas de educación y prevención de embarazos no deseados y acabó con la asignatura de Educación para la Ciudadanía. En definitiva, demostró que había cedido de buen grado a las presiones de la Iglesia católica y de las organizaciones provida que tantos favores en forma de manifestaciones contra el gobierno Zapatero les había hecho cuando el PP estaba en la oposición. Ni más, ni menos. 

Pasados dos años, revisando el impacto de aquella manifestación y revisionando el magnífico documental realizado por un grupo de cineastas, llego a varias conclusiones y experimento un regusto agridulce: 

1) Se puede decir que lo logramos, que hubo un antes y un después de aquella macha del Tren de la Libertad. Seguramente por eso nos animamos hace unos meses, el 7 de noviembre de 2015, a participar en otra marcha no menos multitudinaria, un clamor que recorrió las mismas y madrileñas calles, esta vez para exigir un Pacto de Estado contra las violencias machistas.  

2) A las mujeres se nos sigue infantilizando, se nos trata como a seres inferiores que debemos ser tutelados por los hombres y por el Estado. De otra manera, y por muy de derechas que sea un gobierno, no cabe en la cabeza semejante ofensiva contra unos derechos adquiridos desde hacía tanto tiempo y que buena parte de la sociedad consideraba no sólo asentados sino indiscutibles. Por la misma lógica se entiende, que no se comprende, que cueste tanto tomar medidas serias contra la violencia de género y que la sociedad tarde tanto en reaccionar contra el terrorismo machista.

3) Constatamos que la repercusión mediática de aquella macromanifestación no fue la justa ni la debida. Cualquier otra causa de tamañas dimensiones, sin ni siquiera incidir en la mitad de la población española como era el caso, hubiese acaparado muchos más titulares, portadas y aperturas de noticiarios que lo que consiguió aquel Tren de la Libertad. Lo mismo podemos decir de la repercusión del 7N de 2015. Ergo, los arquetipos patriarcales siguen asentados en las redacciones de los medios, mal nos pese. Lo sabemos y debemos combatirlos, es una cruzada imprescindible para conseguir una sociedad más igualitaria. 

4) No podemos ni debemos bajar la guardia. Las mujeres y los hombres que creemos de verdad en la igualdad somos muchos y muy combativos. Y tenemos el deber de contagiar al resto de la sociedad que permanece adormecida por el letargo patriarcal. Tenemos un compromiso. Unos y otras lo ejercen desde la sociedad civil, desde asociaciones de todo tipo. Otras y unos simplemente desde su compromiso individual. Y otras y otros, como es mi caso, desde el compromiso político firme y decidido. 

La lucha continúa y bebe de las fuentes de días históricos como aquel 1 de febrero de 2014. Para mí es una satisfacción poder decir que yo estuve allí

   

jueves, 21 de enero de 2016

IGUALDAD SALARIAL Y CONCILIACIÓN: UN COMPROMISO

Ha empezado el cambio. Este país, y en especial las mujeres españolas, han sufrido ya demasiado como para que dejemos trascurrir más tiempo sin hacer nada. Por eso el Grupo Parlamentario Socialista del Congreso de los Diputados, del que tengo el honor de formar parte desde las elecciones del pasado 20 de diciembre, ha presentado ya un total de 30 iniciativas para mejorar la vida de las personas. Dos de ellas se refieren específicamente a temas relacionados con la igualdad entre hombres y mujeres: Igualdad salarial y conciliación,corresponsabilidad y racionalización de horarios. Otra de las presentadas hace unos días reclamaba un Pacto para la erradicación de la violencia de género.

En realidad se trata de dos Proposiciones no de Ley que están íntimamente relacionadas. No es casualidad que la tasa de actividad laboral de las mujeres españolas sea mucho más baja que la de otros países europeos y que el paro femenino sea más elevado que el masculino. No es fruto del azar que la brecha salarial sea de un vergonzoso 24% en contra de las mujeres. Ni que la tasa de paro femenina alcance cifras superiores a la masculina. Esas cifras van parejas a los datos de conciliación y de corresponsabilidad entre los hombres y las mujeres de este país. Aquí se concilia de boquilla, pero la realidad y las estadísticas nos dibujan un triste panorama impregnado de machismo y de distinción evidente de los roles de género.

Pero cuidado, pensar que eso es así y que algún día la sociedad evolucionará por simple inercia de los tiempos es un error que la sociedad en su conjunto pagaría caro. Los poderes públicos no pueden y no deben mirar hacia otro lado sino, muy al contrario, tienen la obligación de actuar y legislar para conducir a la sociedad hacia el objetivo de la plena igualdad entre hombres y mujeres. Sin detrimento, claro está, de que se produzca un cambio cultural y de costumbres que, aun así,  no se producirá en tiempo y forma adecuados si no se impulsa y se propicia desde esos poderes.

Difícilmente conseguiremos la igualdad salarial entre hombres y mujeres si somos nosotras las que seguimos cargando con la responsabilidad de cuidar a nuestros hijos y a los mayores y dependientes. Será imposible que alcancemos la tasa de empleo femenino del 74% acordada en la Unión Europea –ahora estamos 9 puntos por debajo- mientras nos encarguemos casi en exclusiva de las tareas domésticas. O mientras en los trabajos se siguen imponiendo horarios partidos, irracionales y jornadas interminables. La doble y la triple jornada dificultan en gran manera que podamos acceder a la vida laboral y, si lo hacemos, es en la práctica totalidad de los casos en inferioridad de condiciones: las mujeres nos encontramos con un río que debemos cruzar, que frecuentemente discurre muy caudaloso y que demasiadas veces nos acaba ahogando.


Pero a la derecha ya le va bien que sea así. Durante cuatro años el gobierno conservador y neoliberal de Rajoy se ha excusado en la crisis y ha dinamitado los puentes para cruzar el río que había colocado el anterior gobierno socialista. Puentes como la Ley de Dependencia, los servicios sociales, los permisos de paternidad más amplios o la educación para la igualdad en las escuelas. La reforma laboral ha precarizado el mercado laboral en todos los sentidos y las mujeres son las principales titulares de contratos parciales. Son incontables las medidas y recortes adoptados por ese gobierno nefasto que han acabado perjudicando de manera especial a las mujeres y que demuestran su total desinterés por la igualdad de género. De muchas de ellas he hablado en anteriores entradas, no me voy a extender. Pero tampoco me estaré quieta. No estaremos inactivos ni inactivas. Tenemos un compromiso y ya hemos empezado la cuenta atrás para hacer de esas promesas, realidades. Sé que lo conseguiremos, lucharemos para alcanzar los objetivos. Ah, y lo que desde luego no haremos será adoptar posturas y representaciones vacuas ante las cámaras de televisión. Lo nuestro son los hechos.

miércoles, 16 de diciembre de 2015

UN GOBIERNO QUE QUIERA A LAS MUJERES

Las mujeres españolas llevamos cuatro años soportando ofensas y ofensivas por parte del Partido Popular y de sus representantes en el gobierno. Han querido privarnos de nuestro derecho a decidir sobre nuestro propio cuerpo, a determinar cuándo queremos ser madres. De hecho se lo han quitado a las jóvenes de 16 y 17 años, que ahora necesitan el permiso de sus progenitores para poder abortar y, si no lo consiguen, se ven obligadas a ser madres adolescentes, con todo lo que eso conlleva. Y encima han suprimido la asignatura de Educación para la Ciudadanía y no han querido desarrollar la parte de la Ley del Aborto que incide en la prevención y en la información para evitar embarazos no deseados. ¡Un auténtico desastre!

Ya he hablado en anteriores post de la desidia con la que se afronta la lacra de la violencia de género. De la falta absoluta de medios y de recursos, sí, pero también de decisión política por parte tanto del partido en el gobierno como de la nueva derecha que aspira a apoyarlo. El presidente Rajoy, como toda la derecha, incluida la que se esconde tras las siglas de Ciudadanos, no quiere a las mujeres, no mira por nosotras. Muy al contrario, tal y como han demostrado sobradamente en esta campaña electoral que está a punto de tocar a su fin. Les importa bien poco lo que opinemos, lo que necesitemos, los derechos que nos son propios a las mujeres. Y un partido, sea cual sea, que desprecia a más de la mitad del país no merece, no debe estar en el gobierno. 

Los recortes en sanidad, en educación, en dependencia... la merma del Estado del Bienestar, en definitiva, nos ha hecho daño a todos y a todas, pero de manera muy especial a nosotras las mujeres. Por primera vez en cuarenta años ha disminuido la tasa de actividad femenina, hay menos mujeres trabajando o demandando empleo que hace unos años. Y el paro femenino se ha incrementado. Muchas han sido expulsadas literalmente del mercado laboral por la imposibilidad de compaginar trabajo y cuidado de menores o de personas mayores o dependientes. ¿Por qué? Porque la derecha -sea en el gobierno central, sea en Comunidades Autónomas allí donde ha gobernado, como en Catalunya, por ejemplo- se ha dedicado a cerrar guarderías públicas por falta de financiación, desde luego se ha empleado en no abrir nueva oferta de 0 a 3 años ni residencias o centros de día para ancianos, y además ha dejado en la más ínfima expresión la Ley de la Dependencia.

Las que todavía resisten y continúan trabajando lo hacen en condiciones precarias, con contratos por días o hasta por horas y en muchos casos a tiempo parcial aún queriendo una jornada completa. Todo eso, "gracias" a la Reforma Laboral del PP apoyada por CiU (léase Junts pel Sí, léase Democràcia i Llibertat) 

Más lamentable aún es que parte de la izquierda, encuadrada en eso que llaman los partidos emergentes, pase de puntillas por la Igualdad de Género y se limite, en sus programas y en sus declaraciones públicas, a meras generalidades demostrando o falta de interés o desconocimiento absoluto. Es más, me temo que adolecen de todo eso a la vez. De otra manera no se entiende, por ejemplo, la ausencia de Podemos en la oposición feroz a la "contrarreforma" de la Ley del Aborto que pretendía el PP. O las declaraciones de una de las fundadoras y candidata de ese partido, Carolina Bescansa, en el sentido de que "el aborto no es un tema que construya potencia política de transformación, y por lo tanto no es prioritario". Más claro, agua. 

Las mujeres debemos estar representadas de manera adecuada, de manera justa en el gobierno que salga de las urnas a partir del próximo 20 de diciembre. Sólo así tendremos la garantía de que se defienden nuestros derechos. Entre los cuatro partidos que optan a presidir o a apoyar la presidencia del gobierno español, sólo uno es capaz de representarnos. Porque de hecho ya lo hizo cuando aprobó la Ley de Igualdad, la Ley Integral contra la Violencia de Género, la Ley de la Dependencia, la Ley de Interrupción Voluntaria del Embarazo, cuando fue el primero en constituir un gobierno paritario, el primero en tener un Ministerio de Igualdad o una mujer como ministra de Defensa. La misma mujer, Carme Chacón, que hoy encabeza una de las listas del partido socialista. 

Os invito a tener en cuenta todo esto a la hora de decidir vuestro voto. Las mujeres tenemos mucho que decir en estas elecciones porque somos una parte importante y determinante del electorado que está llamado el 20 de diciembre a decidir el futuro de España. Y en este país, en pleno siglo XXI, no habrá futuro que merezca ese apelativo sin igualdad real entre hombres y mujeres. Ni habrá salida de la crisis sin contar con nosotras porque la sociedad poscrisis no puede permitirse el lujo de renunciar a la mitad de sus componentes. Por eso no podemos desperdiciar la oportunidad depositando la confianza en opciones no feministas o directamente machistas.

Diréis que no puedo ser imparcial porque soy socialista. Y es cierto, pero no lo es menos que soy mujer. Y seguramente por eso, entre otras cosas, soy socialista. 






miércoles, 25 de noviembre de 2015

INDIGNADAS, NUNCA RESIGNADAS

Decía Stéphane Hessel en su libro ¡Indignaos! que cuando algo te indigna te conviertes en una persona militante, fuerte y comprometida, y añadía que pasas a formar parte de la corriente de la historia, una corriente que tiende hacia mayor justicia y mayor libertad. Así, indignadas, y con esa indignación como fuerza y motor para el cambio, es como actuamos contra la violencia de género infinidad de mujeres y afortunadamente cada vez más hombres.

En esta lucha, y más en un día como hoy, 25 de noviembre, Dia Internacional de la Eliminación de la Violencia contra la Mujer, la indiferencia es lo peor. La indiferencia hace cómplice, aunque sea por omisión del deber, a quien la practica. El compromiso es la consecuencia lógica de la indignación. Por lo tanto, quien no se compromete, en la medida de sus posibilidades, es porque no se ha indignado contra la injusticia y la vulneración de los derechos humanos que supone, en el caso que nos ocupa, la violencia machista. Dicho de otro modo, le da exactamente igual que cada día se cometan asesinatos contra mujeres por el sólo hecho de serlo y por la pretendida supremacía, dominación y posesión del hombre sobre la mujer.

Stéphane Hessel escribió un alegato contra la indiferencia.
Se puede ser cómplice de la violencia de género de muchas maneras. Son cómplices los que piensan que éste es sólo un asunto de mujeres y aquellos que practican los micromachismos o machismos cotidianos que alimentan la gran rueda del patriarcado y a los que demasiadas veces no damos importancia. Por supuesto son cómplices de la violencia de género los que acusan a las activistas, a las mujeres comprometidas con la lucha feminista y por la igualdad y las tachan de "feminazis". O los que desde una posición privilegiada lanzan exabruptos más propios del hombre del Neandhertal que del siglo XXI, como el alcalde de Carboneras, que mandó callar a una concejala de la oposición al grito de "guarde respeto cuando está hablando un hombre". No todas las violencias de género son físicas. Las verbales, las psicológicas, las económicas también lo son. No lo olvidemos.

Estoy, estamos, indignadas. Por tanta indiferencia, tanta falta de compromiso, por los que intentan que parezca que éste es un problema privado cuando es un asunto de toda la sociedad y un problema que hay que erradicar desde la raíz, cambiando tantas y tantas cosas y educando de verdad en y para la igualdad, no sólo como individuos sino como sociedad. 

Estamos indignadas y salimos a la calle como hicimos el 7N en Madrid y nos indignamos más cuando constatamos ausencias políticas y mediáticas en esa gran marcha. Y la indignación va en aumento cuando vemos que hay quien se permite el lujo no sólo de ser un machista denodado sino de publicarlo a los cuatro vientos desde su altar mediático de turno. Cuando ese alguien puso las bases de un partido que se las da de igualitario aunque basta rascar la fina capa superficial para darse cuenta de la realidad.

Indignadas e indignados, sí. Comprometidas y comprometidos, por supuesto. La resignación y la indiferencia son cómplices, son culpables. 


jueves, 12 de noviembre de 2015



HAREMOS DE CADA DÍA UN NUEVO 7N

Fuimos decenas de miles de voces clamando el sábado 7 de noviembre en Madrid por el fin de la violencia de género, por la erradicación del machismo y el patriarcado como germen, origen y causa de demasiados asesinatos de mujeres en este país. La respuesta a esa gran manifestación, en cambio, adoptó de nuevo la forma de la violencia más primitiva, repugnante y animal que pueda imaginarse: cuatro nuevos asesinatos en pocas horas.

Me alegró ver a muchos hombres en la marcha contra las violencias machistas. Hombres anónimos y hombres significados, hombres comprometidos con la lucha por la igualdad y hombres que pasaban por allí y decidieron sumarse a ese clamor unánime. Hombres, al fin y al cabo, que junto a nosotras las mujeres, conforman esta sociedad. El género masculino, lejos de ser el origen del problema –lo es el machismo, no los hombres como tales- es la clave de la solución. Ya lo dije en la anterior entrada, los hombres tienen que empezar a vivir su masculinidad de manera muy diferente a la que les han enseñado, de una forma más próxima a la igualdad plena y muy, pero que muy alejada del machismo y la supremacía patriarcal que es, esa sí, la causa de la violencia de género.

El camino será largo, es cierto, y no estará sembrado de rosas sino que seguramente, lamentablemente, todavía lo veremos manchado de demasiada sangre de mujer derramada por esos seres despreciables que son los maltratadores. Pero la certeza de que esto no cambiará del día a la noche no puede paralizarnos, no nos va a callar. Haremos de cada día un nuevo 7N. Lo podemos hacer si cada uno de nosotros y nosotras toma conciencia de la gravedad del asunto, si en cada gesto cotidiano condenamos el machismo y lo desterramos de nuestras vidas, si no giramos la vista ante los abusos y denunciamos cualquier violencia contra las mujeres, si educamos personas, no hombres o mujeres de manera diferenciada, y lo hacemos no solo en las escuelas sino también en casa, en los espacios de ocio infantil, frente al televisor, en el supermercado y las tiendas de juguetes... 

El pasado fin de semana, aun con el cansancio de los kilómetros recorridos, del asfalto pisado y los gritos proferidos, pero satisfechas y orgullosos por el éxito de la convocatoria, la realidad nos estalló en plena cara. Una realidad que apunta a la necesidad imperiosa de un pacto de estado, de un compromiso firme de toda la sociedad y de los y las dirigentes políticos para cambiar esta sociedad de abajo a arriba. Pero no nos engañemos, no todos los políticos están igualmente comprometidos con la igualdad. No todos ni todas tienen la necesaria determinación para luchar contra la violencia de género usando toda la legislación, reformas incluidas, ni todos los recursos, para combatirla, para perseguir a los maltratadores y proteger a las víctimas, para invertir en la educación de nuestros niños y niñas en la igualdad, para condenar enérgicamente todas las violencias machistas. Algunos programas políticos pasan de puntillas sobre estos temas. Otros, con tradición e historia de lucha por la igualdad, con hechos palpables y legislaciones aprobadas cuando han gobernado, no solo llevan la igualdad en su ADN sino que la plasman en sus programas electorales. Como electores, tenemos la palabra y la decisión. No desperdiciemos la oportunidad.


lunes, 2 de noviembre de 2015

EL 7N YO VOY

Más de 800 mujeres asesinadas por violencia machista son más que suficientes. En cualquier país, incluido éste, debería bastar para que fuera una cuestión de estado, un tema de primer orden y prioridad, un problema equiparable al que fue en su día el terrorismo. Y que se abordase con la misma contundencia legal y con los mismos recursos. ¿Qué ocurre, pues, para que no sea así? ¿Qué nos pasa como individuos y como sociedad para que no atendamos debidamente este problema? ¿Es que "sólo" son mujeres?  Me gustaría creer que éste es un tema de debate y preocupación social y política, pero lamentablemente está claro que no hay suficiente conciencia, no existe una condena colectiva bastante grande ni un rechazo frontal como para que nos tomemos la violencia de género como lo que verdaderamente es: una cuestión que no nos podemos permitir el lujo que continúe siendo el pan nuestro de cada día, que en todo caso, como todo acto violento en sociedad, debe ser la excepción a la norma, nunca un hecho cotidiano y colectivamente asumido, si no aceptado.

Podemos hacer muchas cosas excepto rendirnos ante una problemática de estas dimensiones, ante semejante oleada de crímenes. ¿Recuerdan que no hace tantos años los llamábamos crímenes pasionales, bajo la justificación del amor romántico y los celos como parte de ese supuesto amor? Aún me acuerdo de las palabras de un comisario, conmigo al otro lado del teléfono ejerciendo la profesión periodística, pretendiendo justificar la agresión a una mujer por parte de su marido: "algo habrá hecho que no le ha gustado a él...", dijo el policía. Me quedé estupefacta ante tamaña afirmación, escrutando en mi entonces joven mente qué podría justificar una agresión machista. No hallé respuesta, como tampoco la encuentro ahora al silencio de muchos ni a la inacción de otros tantos.

Tenemos que transformar nuestra sociedad de raíz, erradicar de ella los micromachismos del día a día, esos que nos pasan desapercibidos la mayor parte de veces, educar a los más pequeños y a nuestros jóvenes para que practiquen y defiendan la igualdad y, por supuesto, perseguir de manera implacable a los maltratadores a la vez que ofrecemos a las víctimas todos los recursos necesarios para protegerse de ellos y para salir del pozo oscuro de la violencia machista.

Mientras, iremos a manifestarnos por las calles de Madrid, seremos muchas y muchos el próximo sábado 7 de noviembre. Muchas y muchos los en la exigencia que la lucha contra la violencia machista sea una cuestión de estado en la que se comprometan toda la sociedad, sus organizaciones y sus instituciones. Reclamaremos el compromiso político, del gobierno, en esa lucha, pediremos más y mejor protección para las mujeres y también para las y los menores víctimas de violencia machista, exigiremos también el compromiso de los medios de comunicación, que tienen un papel fundamental en esta lucha sin cuartel y que demasiadas veces lo ejercen con falta de profesionalidad e incluso de dignidad. 


Como dice el Manifiesto de la Marcha Estatal contra las Violencias Machistas, "tomemos conciencia de una vez que el machismo mata y hace imposible la convivencia exigible en una democracia" Por todas las que los machistas han asesinado y para que no maten ni una más. Por ellas, y por todos y todas nosotras, el 7NYoVoy.